
Los cojo uno a uno y los coloco en la fuente, dormiditos y juntos. Los visto de mayonesa y ya están, tan dispuestos.
Entre mis dedos, suaves y sedosos de un blanco lienzo moreno.
Traspasan acariciando los labios. ¿Frágiles? ¡¡No!!. Fibrosos.
Se llena la boca de su carne. Los aplasto. Lengua y paladar en combate. Explosión acuosa. Poco importa el rubio vegetal que les acompaña. Dentro se depositan dóciles y fáciles de digerir. Volverán a la tierra sin grandes alardes. Más tarde, el ácido afectará mi nariz.
Muy bien Santiago, no te conocía en esta faceta de escribidor, mejor dicho; no te conocía en ninguna. Solo te distingía por tu porte serio, algo envarado, pero ahora que compartimos clase y aficiones, ahora que he invadido una parcela de tu intimidad, al leer algunos escritos (que tú nos dejas disfrutar), ahora te considero más cercano...
ResponderEliminarHasta otro día.