Allí estaba el color, el azul precisamente, tras las
enaguas elevadas por la brisa. Intensamente vivida, la vida joven
apenas pudo seguirla. Y casi lloro, pero te interrumpo.
Tu
historia suele doler a los transeúntes asépticos y percibo el
choque de la calle en la boca ronca del africano. Y los rizos hablan,
y tras el morado se cisca en el efebo, desde Cuba, el cubano se
ensaya, se desaliña, pelo ensortijado. Aparca la novela hasta el
final del trayecto. Miserable y rácana la luz se baña tras las
cortinillas del carruaje. Hablaremos deprisa, dejaremos el hortera
flequillo.
Coqueta,
se levanta y se desviste. Paticorta, saltando en el paso cebra con la
bufanda entre las piernas.
Piramidón,
aparta la noche, has de morir joven. Se va y no te espera el alma, se
va tras el cuadro de la pared de enfrente. Era una palabra ausente en
el manicomio de la postal navideña. Brillaban las obsesiones, se
reflejaban en la espalda de la tarde. Mujeres y motores. Se lava la
cara al amanecer mientras se contraen los panes en el horno. No se
puede ser feliz así. Solo hay que volar.
El
dinero perdido en Kilifi. Fueron corteses los nativos con nosotros,
nos dejaron emitir mensajes.
El
espacio forzosamente lo llenaba un perrito blanco. Un perro amigo.
Juntas ahora las manos manteniendo el mentón hacia el cielo. Te
observo, te reservo, te leo, te compongo en el marco fantástico del
armario de pino blanco. Bullía el pueblo de los jilgueros. Piso
arriba, piso abajo. ¡Oh! Es un castillo. Un pensamiento. El ejército
desfila detrás del duelo. Se ha suicidado para siempre. Veamos. ¿El
genitivo, o el imperativo?.
Las
olas nos van a mojar los pies grandes en cualquier momento. Te voy a
controlar a partir de ahora para vaciar lo que llevas dentro,
¡alondra mía!. Te veo venir. Ya eres padre aterrador. ¡Un lujo!.
La calefacción estaba apagada en ese instante. Te ojeo, te leo, te
desleo, te comienzo, ¡que maravilla!, ¡que felicidad!. Te huelo.
La
trilla, y lejos del risco los haces de luz se amontonan ululando y
maullando. ¡Viva la canción del manso! Sabina. La princesa seguro
que se despierta más sola que la una. Redondeces en la cabeza.
¡Atención!, el pasajero ausente se terminará marchando en un navío
dejando estelas blancas en el mar. La costa esta, menos mal, lejos.
Nos conmovimos todos. ¡Adiós! flor boreal, ¡Adiós! egipcios de
otros tiempos, ¡adiós! La canción española de letras deseadas.
Y
así, siempre así, aún sigo estremeciéndome ante la nariz roma del
moro. Erre que erre.
Y después nada, solo California.
Judimendi
el treinta de noviembre de dos mil once
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