06 mayo 2013

Yo confieso










  Cristalino el alba a finales de marzo, cuando el campo cubría surcos y laderas, en la dura tierra de aquella anciana mujer envuelta con sencillez en vestido de luto y mandil gris. De andar ligero sobre zapatillas de paño, entre calles con casas encaladas y tejados bermejos. Cubriendo el moño con una pañoleta negra anudada al cuello. En la cadera apoyaba un cesto de mimbre en el que transportaba la ropa ajena hasta el lavadero, al sur del pueblo, junto al seco río.
Pisando sus huellas, una mocosa de apenas seis años le acompañaba. Redonda y tierna su carita asoma entre el fino cabello negro, despertando de infantiles sueños allá en la alcoba, donde aún permanecen los más pequeños, Andrés y Aurora. El relente de la mañana con rocío y mohines se la acaricia.
Y al mediodía, cuando las campanas tocan Al Ángelus, se miran , se reconocen, un beso en la mejilla morena y vuelta a casa. Jugando a saltos la pequeñita, secándose la frente su madre enjuta. Caminan ambas, caminan juntas.
¡Amaneceres!. Siguen los amaneceres siempre distintos entre los pobres.
Ilusiones que son flores cotidianas y conforman una vida.
Ilusiones próximas a la piel, a no más distancia que una zancada o un abrazo de despedida.
¡Almas!. Naturales e intrínsecas, desprovistas de ropajes para fiestas. Consustanciales. Sometidas apenas nacen. Asustadas de la libertad. Almas pobres que al sentirse temen estar solas.
Yo confieso haberlas visto. Entre risas las tardes del domingo. Al final de la calle, en la plaza , en el banco del parque o doblando una esquina. Temerosas de su piel aún siendo libres.
Y alrededor de la mesa, ojos vivarachos, de miel los más, escudriñan el puchero de barro. Esperan cuchara en mano el inicio de la comida. Algún tasajo avisado debe esconderse entre los caldos y los garbanzos. Poco es el tiempo de la contienda para tan larga espera. De postre son tres castañas y un trozo de pan.
Se regala la tarde, chillidos de críos, vencejos rasando tapiales y calles, grupos de mujeres cosiendo a la sombra en animada conversación, carros que pasan crujiendo ejes, mulas y perros tras el pastor. Se regala la tarde, rosarios y rezos allá en la ermita, el rondar a la amada al ponerse el sol.
Contienda y vida. Azuches que anclan a la tierra el alma.
La niña de la madrugada aún incardinada a la mano de su madre un siglo después. No hay preguntas para tantas y tantas respuestas que bullen sin ella darse cuenta en su interior. Piececitos pequeños que siguen aún hoy esquivando las piedras del camino sin hacerse daño.
¡Ay! Libertad, para seguir viviendo.
-¡Cuéntanos el cuento! Y paciente a sus seis hijos en la cama amorosamente besa. Cuando sienten la llegada del padre tres más, agotados, cierran sus ojos en la habitación del fondo.
Yo confieso haberlos visto hace poco, no más de un siglo.

Vitoria siete de marzo de dos mil doce

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