06 junio 2014

Un suceso vulgar

         
                         










-Todo puede servir, toma notas, me había dicho Nadia al salir de la Redacción.
  Somos compañeros desde que terminamos la carrera en la Universidad de Ostende allá por los ochenta. Ni que decir tiene que ella aún permanece en la sección de Notas de Sociedad desde el primer día. A mi hace ya seis años que me encargaron de la sección de Sucesos. Menéndez, el redactor jefe, ya a punto de la jubilación me había llamado a su despacho. Creo que dijo:-Pásate los interrogantes como un malabarista, las cartas en la entremanga”, y a modo de aviso.-Tú lo justo, y sin salirte del manual, que no quiero problemas con “la social”
  La tarde es gris y fría, ha estado lloviznando desde primeras horas de la mañana y el asfalto de las aceras refleja nítidamente los colores de los paraguas y de las gabardinas de los transeúntes. La cenicienta luz que emiten los escaparates de los comercios es pisada inmisericorde por los empleados de las oficinas de la calle principal que apresuradamente se dirigen a la boca de metro cercana sin fijarse en nada ni en nadie.
  Frente al Meridian Bank, donde si no, aparcados dos coches policiales con los lanza destellos azules parpadeando. Una banda de plástico roja y blanca impide el acceso a la calle lateral. Algunos curiosos detrás de ella impacientes fotografían con sus teléfonos móviles todo aquello que se mueve. Lo mismo la llegada del juez forense que en ese preciso instante se apea de un Rover 900 negro con impecable abrigo gris marengo, que la ambulancia gris claro aparcada sin ningún movimiento digno de mención que permanece aparcada al principio de la calle con las puertas traseras abiertas en espera de que llegue la camilla rodante en cualquier momento.
  -Del Diario Test, dije al policía impecablemente vestido de azul marino con bandas reflectantes horizontales blancas mostrándole la credencial. En ella se podía leer Narciso Rodríguez, reportero nº 1.267 y en la que una fotografía mostraba mi rostro de siempre con el bigote fino y recortado de los cuarenta ocupando el dorso completo sin vergüenza alguna.
  La mujer aparentemente joven estaba echada junto al bordillo, mantenía una mueca helada y vacía, con el pelo rubio cubriéndole parte del rostro. Junto a la nuca un pequeño charco de sangre que empezaba a diluirse con la lluvia que había comenzado a caer. La falda de cuadros grises y rojos aparecía detrás de un abrigo gris claro abotonado hasta la cintura con unos grandes botones de madera marrón. Los pies, aparentemente dislocados, se enfrentaban en una posición inverosímil, habían perdido sus zapatos de cuero negro mate que descansaban apenas a unos centímetros. El bolso, también negro, era inspeccionado por el inspector que dictaba notas a su ayudante, un tipo bajo con sombrero de ala marrón y melena negra  rizada y brillante.
  -Carmen Riza, logré oír de entre el susurro de palabras que salían silbando de sus labios finos.
  El fogonazo del flas del fotógrafo me despistó un instante, lo justo para no llegar a oír el fin de la comunicación. Probablemente dijo Segovia, ¿o fue Soria? Consultaré luego, creo que Riaza es de Segovia.
  Devolvió el carnet de la mujer a la cartera roja de mano y la introdujo en el bolso. 
  El juez se incorporó después de la inspección del cadáver y protegiéndose de la lluvia  bajo el toldo de rayas azules y blancas de la tienda de ultramarinos próxima dijo a los sanitarios sin apenas esbozar una leve sonrisa
 -Pueden llevársela… Un camillero era negro, precisamente el que hacía las veces de conductor. -Está clarísimo que fue un resbalón, comentó su compañero,  la lluvia, el asfalto, una hoja, un golpe seco en el cráneo con el bordillo y ya está. ¡Mala suerte!
- Vaya tarde más fría, masculló el inspector, ¿me firma el parte? Le presentó un bloc amarillo.
-¡Si, terminemos ya! Y firmó al borde.
  Las ruedas de la camilla con cámara de goma dejaron sus huellas  apagadas y tristes en la calle al dirigirse con el cuerpo de la joven a la ambulancia. Inmediatamente salió de la tienda una dependienta con una escoba de esparto y restregó el suelo con energía, mecánicamente; llevaba un impermeable trasparente con capucha bastante arrugado.
  Me retiré con la angustia calándome los tuétanos de los huesos.  Miré el reloj, un Titán de los años setenta regalo de cumpleaños de mi padre de aquel marzo cualquiera, y sus agujas se rendían a las siete y veinte.
  Mientras me servían el café solo, negro y largo, ¡americano!  dicen, que había pedido a la camarera hispana en el Bar Rojo, llamé a la Redacción.
  -Nadia, no llego, hay tráfico y quiero que salga mañana. Toma nota.
  “Carmen Riza, joven castellana murió de un resbalón pasadas las cinco a la salida del Meridian Bank. Descanse en paz”. Y lo de siempre, tú ya sabes…
  -¡Narciso!, oí el grito histérico de Nadia. -¡Detalles! ¡Siempre detalles! Una y mil veces te lo repito. ¡Toma nota de los detalles! Y así continuó incansable.
  -Vale Nadia, te quiero.
  Camino despacio por la calle Recoletos mientras me levanto el cuello de la gabardina, comprada en Moradillo la mejor boutique de la ciudad hace años, porque la lluvia arrecia. Días grises, calculados por algún autómata, metódicos sin apenas perfiles. Mi esposa Nadia me ha dado tres hijos, tengo un Lancia 1600 verde oscuro y un piso de casi noventa metros cuadrados que me dejó mi hermano el mayor Juan, solterón empedernido, que murió hace cinco años en el sanatorio público de pulmonía según informó la doctora que nos atendió; y una vida por delante que tengo inexcusablemente que vivir. Debo arrastrar los detalles, los pies, la mente y porqué no decirlo, la mediocridad. He de diluirme, como el azucarillo, en la vida que me rodea haber si consigo endulzarla.
  Suena el teléfono móvil, revolotea y vibra dentro del bolso, me llaman.
  -¿Porqué? Me falta el porqué, dice Nadia.
  Pulso una tecla y creo que es la de colgar. Que más da.
   ¿El porqué? Y que importa el porqué. ¡Por todo y por nada! A algunos se nos quitó la etiqueta al nacer. Me parece que estaba gritando como un energúmeno a mi vida...
  Una pareja de jóvenes que pasan a mi lado del brazo reparan y me miran con curiosidad. Piensan –ese hombre habla solo, ¡pobre hombre! Y se alejan.
  Apresuro la marcha y me dejo ir,  como todas las tardes,  hasta el día siguiente en que llevaré más detalles justo en el bolsillo interior de mi americana de lana color marrón.


  


          Vitoria veinticinco de noviembre de dos mil trece


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