17 junio 2014

En la hora de su muerte













 Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero. Mi juventud  la eterna agonía  de aquel anciano que todas las noches me acompañaba en mis lecciones de álgebra y geometría. Aún escucho el sonido lacerante, entrecortado, angustioso y minúsculo, cada vez que intento resolver una raíz cuadrada. Y me acuerdo de él.
 Lloré el día que la muerte visitó al limonero. Y reí cuando descubrí que el anciano agónico  vivía en el  palomar. Aquellas palomas, mis compañeras de facultad, prosiguen aún hoy acompañando a los estudiantes que aprovechan la frescura de la  “madrugá” para poder estudiar. Lo sé porque el otro día  estuve con Papá. El sí que agoniza. Se le está escapando la vida por entre los dedos, como  un puñado de arena fina. Y lo peor es que él no quiere. Que tiene vitalidad, me dice. Que tiene energía. Que tiene proyectos. Que aún tienen la agenda de causas llena. Y me pregunta por sus amigos vivos. Por Paco el estanquero, solo y aburrido,  sin mujer, sin hijos, sin amante, en aquel asilo que paga la Junta. , y por Antonio el pocero, lelo que se quedó tras su intento de suicidio. . Y por su primo Marcelo, de depresión en depresión desde los 46;  y ahí lo ves. Y me dice que por qué a él. Que aún no tiene  93. Noventa y tres años tenía su padre   cuando murió de una cirrosis. Un indeseable para quien nadie tuvo -ni siquiera el cura- una palabra de cariño. Lo mejor que se podía decir de él es lo que aquel cura dijo: “Nada”, repite Papá. Le sobró la mitad de la vida. Papá dice que se llevó por delante “a fuerza de disgustos y malos momentos a la abuela y a tres de mis tíos.
 Y es que la  muerte le visita a uno sin avisar. De sopetón. Sin derecho a replicar el manido “vuelva usted mañana”. Aquí te pillo, aquí te mato, nunca mejor dicho. Porque si Padre tenía algo claro es la manera en que quería morir. El me tenía dicho que si se había de morir, que no fuese ni en el Rocío ni en la Feria de Abril. “Que hace mucha calor y le da a uno mucha pena”. Ni en Navidades, que luego se nota más la ausencia. Ni tampoco en la Semana Santa, que aquí -por allí lo dice- es cosa “mu buena” y se le puede quitar a uno la devoción. Ni tampoco por San Juan. El se llama así, ¿sabe?  Y que no sea  en San Fermín, que gusta de madrugar una mijita para ver los encierros con el pañuelo rojo al cuello. Ni por la Asunción. Ni tampoco en el otoño. Que se quedan los cementerios de fríos y desangelados, ni.....
…. si se ha de morir, digo”. Si no hay más remedio.


De Juan Gay Pobes



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