05 mayo 2014

EL INVENTO DEL EGIPCIO



  
                           



   





El día que aquel escriba se puso a inventar no se quedó corto. Inventó lo más: el papiro. El primer portátil de la humanidad. La primera pizarra. Por vez primera el pensamiento se pudo transportar,  y por ende, el conocimiento y las ideas; luego vino lo demás: la imprenta, la prensa y la tinta.
  De padres tan singulares naciste al fin tú, papel de periódico,  que naces ya viejo. De nuevas lleno, pero viejo, arrugado, sucio, desteñido, con voz grave, como la del viejo marino que fuma en pipa en el muelle.
  Manipulador, tendencioso, grosero y exagerado. En tus páginas enfurecidas sólo guardas dos verdades: el precio y la fecha.
  Pero  pocos inventos han tenido tanta utilidad como tú: envoltorio de bocadillos con que saciar el hambre de media mañana,  alfombra improvisada con que proteger la cocina de inesperadas fugas,  tela para sombrereros locos, materia prima de barquitos de papel,  fuselaje de avión supersónico, secante de zapatos húmedos, camiseta interior de ciclistas, relleno para las frágiles copas durante la mudanza, madurador de kiwis, espantador de perros por su estridente sonido, incinerador de hogueras,  práctico salvavidas delante de los Miura y para colmo, simulador de truenos en los seriales radiofónicos.
  No imagino una vida sin ti. Tú, que en un tiempo me diste de comer, recibiste de mí lo peor, y con tu rasposo tacto dejaste inmaculado mi trasero  tras aquella imprevista necesidad. Negras quedaron mis nalgas, es verdad; negro entero yo, pero  he de reconocer que también aliviado y satisfecho.
  Y aún  me quedó lo mejor de ti. Los pasatiempos. Blancas juegan y dan mate en dos. Eso… y el jeroglífico egipcio.


De Juan Gay Pobes


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